Y todo el mundo habla.
Pero no promete.
Se ven los ojos de tristeza nocturnos y de día se maquillan con el sol para iluminar todas las esquinas de su cuerpo. Entrometido bajo un gris materia que no cicatriza ni nueve meses después.
A cuánto estarán los retales de las nostalgias, os preguntaréis.
A diferencia de meses nada sabe como en las despedidas.
Y susurras gritos de rabia mientras observas el no pensar de estúpidas personas.
Y cantas, para no oír.
Y escribes, para no hablar.
Y ríes, de vez en cuando para no llorar.
Y resumes tus días estúpidos en canciones, pero yo todavía sigo allí.
Y me sufres las noches de viernes.
Pero ya sabes que siempre he sido de ignorarte los días y recaerte las noches.
Tenéis que entender,
si no estas ruinas rechazarán el proceso de restauración.
Y el orden del caos recobrará el sentido cuando la asimilación entienda el proceso del olvido.
Deberías estar aquí para matar nostalgias, conmigo.
Ya sabes que siempre has sido más fuerte que yo.
Y se te ha dado bien luchar contra mis lágrimas mientras sonreías.
Mis miedos están echando pulsos a las derrotas y ya no saben cómo expresarse ni que camino seguir.
El caso es que continúan en este mar de dudas.
Al que tanto recitaba en verano para que me supiese a ti.
Debería haberte contado los motivos antes de que ellos nos destruyesen a nosotros.
Y te escribo hablándote.
Otra vez.
Como siempre.
Tarde.